La jirafa más alta de la sabana

Había una vez… 

Rafa la jirafa vivía con su familia en la sabana africana, aunque era el pequeño de los tres hermanos, era el que tenía el cuello más largo de todos. Entre sus estiradas patas y su esbelto cuello, Rafa medía más de 6 metros de altura y destacaba entre las demás jirafas. 

Todos sus amigos y amigas eran más bajitos, el más alto después que él medía 5 metros y eso a rafa ya le parecía muchísimo. Pues siempre tenía que estar agachado o mirando hacia abajo para poder hablar con los demás.

Muchos le admiraban, ya que Rafa podía comer las hojas de los árboles más altos, a los que no llegaba nadie y era donde estaban más tiernas y abundantes. Aunque no siempre le gustaba ser el más alto, ya que mientras él se paraba en los árboles más grandes a ver cuáles eran las hojas más carnosas, veía como las demás jirafas jugaban mientras cogían las hojas de los árboles más pequeños. 

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Rafa podía ir a jugar con ellos, pero no le hacían mucho caso, pues siempre le decían:

-Rafa, vete a comer de las copas de los árboles más altos tú que puedes, y déjanos estos a los demásNo te comas estas ramas que nos dejarás sin hojas,  vete a las más altas, ya que nosotros no llegamos.

Y Rafa la jirafa se giraba y estiraba su enorme cuello hasta la rama más alta y seguía comiendo solo y masticando mientras escuchaba como sus amigos disfrutaban jugando y comiendo juntos.

Un día, Rafa se encontraba comiendo en uno de sus árboles favoritos cuando escuchó un ruido que venía de entre las ramas. – ¿Hola? ¿Hay alguien? – preguntó, y como nadie contestaba siguió rumiando tranquilamente muy pensativo. 

Se escuchó un ruido de nuevo, parecía que alguien se estaba agitando entre las ramas, – ¿Hola…? – dijo con tono dubitativo. Al no recibir respuesta decidió rodear el árbol lentamente para ver qué estaba ocurriendo. Estiró el cuello despacio, dio un paso ¡y ahí estaba! Un pequeño pajarito posado en una de las ramas más altas, solo y con la cabeza agachada. Levantó la cabeza y al ver a Rafa empezó a agitar las alas muy contento. 

-¡Bien, bien! ¡Estoy salvado! – Gritaba dando vueltas sobre sí mismo abriendo las alas.

-¿Qué te ocurre? ¿Qué haces aquí? – preguntó Rafa extrañado.

-Estaba paseando con mi familia cuando me despisté un momento y me arañé con una rama, volaba tan alto que acabé aquí y ahora no me atrevo a bajar porque está muy alto y me duele la herida. – dijo con voz triste –  y mi familia no sabe dónde estoy porque nunca suben a las ramas tan altas y no pueden verme.-

-¡No te preocupes! Yo te ayudo, súbete a mi cabeza y agárrate fuerte a mis cuernos, te llevaré hasta el árbol donde está tu familia y ellos te curarán la herida. –

Entonces el pequeño pajarito escaló por el morro de Rafa hasta subirse a la cabeza y se agarró  a sus cuernos. Rafa empezó a caminar entre los árboles que había allí hasta que encontró uno lleno de pájaros que cantaban agitados. – ¡Allí están! – gritó el pequeño pájaro.

Rafa agachó la cabeza y esperó hasta que el pequeño pájaro se deslizó por su morro hasta llegar a la rama donde estaba toda su familia. La familia empezó a cantar y saltar de alegría al ver al pequeño pájaro con ellos, mientras Rafa se alejaba sonriendo volviendo a su alto árbol para seguir rumiando solo entre sus plantas. 

A los dos días, estaba Rafa descansando, observando pensativo a sus amigos, cuando de repente se acercó un pájaro y se posó sobre su nariz. Era su amigo el pequeño pájaro al que había rescatado.

-¿Qué haces aquí solo? – preguntó 

-Nadie me hace caso porque dicen que soy muy alto y que debo irme yo solo a los árboles más altos y dejarles las hojas de los árboles más pequeños – 

-¿Ah sí? Pues gracias a que seas tan alto me salvaste y pude volver con mi familia, ahora que ya se me ha curado la herida vendré todos los días a verte y a jugar contigo.y le voy a contar a tus amigos lo que hiciste por mi y demostrarles que la altura no es  ningún inconveniente para jugar juntos, al revés, ¡es una suerte tener un amigo tan alto! –

El pajarito fue a hablar con las otras jirafas y les contó lo que Rafa había hecho, sus amigos se dieron cuenta de que no podían dejar a rafa de lado solo por llegar más alto y que al contrario, podrían ayudarse mutuamente siempre que lo necesitaran. 

Desde entonces, Rafa nunca volvió a estar solo, y pasaba los días con sus amigos las jirafas y el pequeño pájaro, quién todas las tardes se unía al grupo de los cuellilargos y todos juntos pasaban las tardes divirtiéndose en la inmensa sabana africana. 

Cuento original escrito por Ana Mena en habiaunavezuncuento.com

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