Había una vez… un conejito llamado Bruno que vivía en una madriguera al lado del río. A Bruno le encantaban las galletas de chocolate más que nada en el mundo y cada mañana, su mamá le horneaba tres galletitas y se las ponía en una cestita.

Un día, Bruno salió al claro del bosque a merendar y se sentó bajo un árbol para disfrutar del aire fresco y la naturaleza mientras se comía sus deliciosas galletas. Pero justo en ese momento llegaron sus amigos…
– ¡Hola Bruno! — dijo Lili, la ardilla — ¡Qué buena pinta tienen tus galletas! ¿Podemos probar una?— le preguntó.
– ¡Mmm, qué bien huelen! — dijo Paco, su amigo el erizo, mientras acercaba su hocico a la cesta de Bruno.
Pero entonces Bruno agarró fuerte la cestita rodeándola con sus dos brazos y, sin dudarlo, dijo:
– No, lo siento, son mías y hay muy pocas. – Y cogió una galleta y le pedó un mordisco.
Sus amigos, Lili la ardilla y Paco el erizo se quedaron mirando Bruno sin decir nada mientras se comía las tres galletas, cuando Bruno se las terminó y no les había dado ni un trozo, se miraron tristes y se fueron a jugar sin él.
Durante los días siguientes, Bruno seguía yendo bajo el árbol y se comía sus galletas él solo mientras Lili y Paco jugaban y se divertían juntos. Llamaban a Bruno para que se uniera a ellos, pero él prefería seguir disfrutando de su rica merienda en silencio sin compartir con nadie.
A medida que pasaban los días, Bruno se iba sintiendo un poco más solo, ya no le divertía sentarse solo a comer y le apetecía jugare también con sus amigos. Así que tuvo una brillante idea y fue corriendo a contársela a su mamá.
– ¡Mamá! – gritó Bruno mientras enraba por la puerta – para mañana me gustaría que me hicieras más galletas de chocolate, pues quiero compartirlas con mis amigos, para que ellos también puedan disfrutar de lo rucas que están. – dijo relamiéndose los labios.
Al día siguiente, cuando llegó la hora de ir a merendar y jugar, Bruno se fue a sentar a su rincón favorito y llamó a sus amigos. – ¡Lili!, ¡Paco! Venid por favor, tengo una sopresa – dijo sonriendo.
Cuando la ardilla y el erizo se acercaron al árbol, Bruno les estaba esperando con una cesta llena de galletas de chocolate y una enorme jarra de leche. – ¿Queréis merendar conmigo? – les preguntó – ¡Sí, claro! – contestaron ellos emocionados mientras se sentaban junto a Bruno.
Los tres amigos repartieron las galletas, rieron mucho y estuvieron toda la tarde jugando.
Desde ese día, quedaban en el mismo árbol a la misma hora y merendaban juntos. Cada uno traía algo de comer y lo repartían entre los tres. Así fue como Bruno descubrió que, a veces, también era divertido disfrutar de sus planes favoritos con los demás.
Y colorín colorado… este cuento se ha acabado.
Cuento original escrito por habiaunavezuncuento.com


