El viejo coche

Había una vez…

Turbo era un coche antiguo, llevaba más de 17 años acompañando a su dueño y amigo, el Señor Momo. Había viajado con él kilómetros y kilómetros de carretera, recorriendo de Norte a Sur los caminos más rápidos y los más escondidos.

Pero a medida que pasaban los años, los viajes iban siendo cada vez más cortos y hacían menos viajes por carretera, el señor Momo ya no tenía tantas ganas de viajar, y Turbo se sentía cada vez más triste. Los largos viajes en carretera se convirtieron en cortos viajes por la ciudad, y después, en pequeños recorridos, como ir a comprar el pan o hacer cualquier recado cerca de casa. Hasta que un día ya no hubo más viajes, y Turbo pasó de vivir en la carretera a dormir en un garaje que estaba lleno de cajas que guardaban recuerdos del Señor Momo y su familia.

Cuentos de coches

Turbo se quedó en el garaje, al principio el señor Momo lo cuidaba, bajaba todos los sábados para limpiarlo con mucho mimo hasta dejarlo brillante como si fuera nuevo. Pero con el paso del tiempo, dejó de bajar al garaje para limpiarlo, solo bajaba de vez en cuando a buscar algo en alguna caja y se volvía a ir. Un día tapó a Turbo con una enorme manta y nunca más lo volvió a conducir.

Turbo estaba triste, su feroz motor ya no sonaba, ya no rugía como antes, tenía telarañas enganchadas a los espejos retrovisores y entre los pedales, con el capó lleno de polvo recordaba con añoranza los viejos tiempos en los que él y el señor Momo salían a la aventura sin rumbo, recorriendo aquellos paisajes increíbles, descubriendo pequeños rincones mágicos mientras paseaban por las costas, las montañas y las autopistas infinitas hacia cualquier lugar.

Esos años habían terminado para Turbo, se sentía inútil, pensaba que era un coche viejo que ya no servía para nada y que ya no le gustaba a nadie, pero no era así…

Un buen día, escuchó como alguien entraba en el garaje y empezaba a mover cajas, no era el señor Momo, pues le escuchó hablar y tenía una voz diferente, era la de un chico joven con la voz fuerte y grave.

Turbo estaba nervioso, – ¿Quién será? – se preguntaba. De repente el joven destapó la manta que había sobre Turbo para poder verlo mejor. Turbo se emocionó, llevaba mucho tiempo solo debajo de esa manta sin poder ver a nadie. El joven lo miró con cara de asombro y gritó – ¡Qué pasada de coche abuelo!

Empezó a rodear a Turbo acariciando la carrocería, abrió la puerta del conductor y se sentó en el asiento. Turbo no se lo podía creer, empezaba a sentirse importante de nuevo. El joven puso las manos sobre el volante fingiendo que conducía, – ruum, ruum.. – susurraba.

Entonces su abuelo, el Señor Momo, entró en el garaje acompañado de un bastón que le ayudaba a caminar. Turbo le miró apenado, – Pobre Señor Momo… – pensó con tristeza.

El Señor Momo se acercó al joven y dijo:

Nieto, te presento a Turbo, ha sido mi compañero de viaje durante muchos, muchos años, pero como puedes ver, ya no tengo la misma fuerza que antes y hace mucho que no vivimos aventuras juntos. ¿Te gusta? – preguntó.

¡Me encanta! – Gritó el joven entusiasmado

Pues es todo tuyo, solo tienes que hacerle algunos arreglos y volverá a ser el mismo Turbo de siempre. Es un coche muy especial, cuídalo bien – Contestó el Señor Momo con los ojos brillantes.

Turbo escuchaba la conversación emocionado, ya no era un coche viejo e inútil, alguien se había interesado por él y ya no estaría solo nunca más. El joven abrazó a su abuelo y se marchó corriendo a casa para preparar todo lo necesario. Al día siguiente volvió al garaje con una caja de herramientas, pintura, cubos… y se puso manos a la obra.

El joven estuvo yendo todos los fines de semana durante más de un mes para poner a Turbo a punto. Cada día se centraba en algo; el motor, el aceite, el líquido refrigerante, los frenos, las pastillas de freno… ¡Incluso le puso un volante nuevo y cambió la tapicería de los asientos! Cuando llegó el momento de la pintura el joven había elegido un precioso color rojo que brillaba con los rayos del sol. Al terminar de pintarlo se quedó boquiabierto, todo el garaje estaba iluminado y Turbo se había convertido en un precioso coche clásico que lucía como nuevo.

El joven llamó a su abuelo, cuando el Señor Momo entró en el garaje y vio a Turbo brillar así, un sinfín de recuerdos inundaron su memoria: sus largos viajes en carretera escuchando sus canciones favoritas, pararse a ver el atardecer en la playa sentado sobre el capó, los paisajes, las risas cuando viajaba con sus amigos… estaba tan feliz que no le salían las palabras. Entonces, respiró hondo y miró a su nieto:

Has hecho un gran trabajo, has recuperado a mi querido Turbo, hemos vivido tantas cosas juntos… – dijo sonriendo – Ahora es tuyo, un coche como Turbo debe seguir rodando y va a ser un gran compañero para ti, disfrútalo y aprovecha cada minuto y cada viaje, visita todos los rincones que puedas, Turbo ha sido mi mejor compañero de aventuras, y a partir de ahora será el tuyo.

Turbo se dio cuenta de que nunca había sido un coche viejo, sino todo lo contrario, era un coche antiguo y de mucho valor. Valor sentimental, porque el Señor Momo lo apreciaba y recordaba todo lo que vivieron juntos, y también porque aquel joven se había esforzado en arreglarlo y volver a convertirlo en aquel precioso coche que había sido en el pasado, ahora era único, había dejado de ser un coche normal y se había convertido en un coche clásico, original y muy preciado.

Desde entonces, Turbo y su nuevo amigo iban juntos a todas partes, recorriendo las carreteras que antes había recorrido con el Señor Momo, descubriendo nuevos paisajes, y observando bellos atardeceres frente al mar. Turbo nunca más se volvió a sentir solo, le habían dado una segunda oportunidad y no la iba a desaprovechar, pues ahora se sentía más vivo que nunca.

Cuento original escrito por Ana Mena en habiaunavezuncuento.com

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