El pequeño pescador

Había una vez… un chico que vivía en un pequeño pueblo pesquero en la ladera de una montaña. Se llamaba Carlos, pero todos le llamaban Carlitos, ya que era el pequeño de una larga generación de pescadores que se remontaba a muchos años atrás. Pues su papá era pescador, al igual que lo fueron su abuelo y el papá de su abuelo.

Cuando era niño, le encantaba subirse al pequeño barco pesquero familiar y acompañar a su padre a recorrer las profundas aguas marinas buscando grandes peces, mientras disfrutaba correteando por la cubierta del barco. Se sentaba al lado de su padre y mientras éste le sujetaba, se asomaba por la borda y estiraba los brazos, le gustaba tocar la espuma que producían las pequeñas olas al chocar cuando iban más rápido. Y si se quedaban quietos, asomaba la cabeza y buscaba su reflejo en el agua, después intentaba ver más allá de la superficie y descifrar las siluetas de los peces que nadaban a su alrededor.

Un día en el que el cielo estaba más azul que nunca, y el sol se reflejaba en el mar provocando pequeños destellos brillantes, Carlitos se asomó y estiró sus pequeños bracitos para meter sus dedos en el agua y poder tocar la espuma que dejaban las olas del barco, estiró tanto los brazos que perdió el equilibrio y se cayó al agua. Carlitos estaba tan asustado que le costaba nadar y se iba hundiendo poco a poco.

De repente sintió como algo muy grande le empujaba hacia la superficie y le llevaba hasta su padre, que se había tirado al agua para salvarle. Su padre le agarró fuerte y le llevó a las escaleras del barco ayudándole a subir. Se abrazaron, y mientras su padre iba a por una toalla para secarle, Carlitos miró hacia el mar extrañado, y entonces lo vio. Había un delfín saltando a lo lejos, era gris con un ligero tono rosado, y tenía una pequeña mancha blanquecina en su aleta que le diferenciaba de los demás. Se quedó unos segundos pegando saltos alrededor del barco y desapareció.

Cuentos para niños

Desde entonces, cada vez que Carlitos salía a pescar con su padre, buscaba y buscaba al delfín que le salvó, ya no tocaba la espuma de las olas, solo se quedaba allí observando hacia todos lados a ver si le veía de nuevo. Pero pasó el tiempo y Carlitos dejó de buscarle entre las olas, aunque nunca le olvidó.

Los años pasaron y Carlitos dejó de ser un niño y se convirtió en un chico alto y fuerte, aunque seguía teniendo la misma mirada dulce de cuando era pequeño.

Un día, su padre fue a buscarle a su habitación para hablar con él.

Hijo mío, has crecido tan rápido… – dijo con un tono melancólico – llevas toda tu vida acompañándome a trabajar, hemos pescado cruzando los mares y vivido muchas aventuras juntos – añadió – yo también lo hice con mi padre, al igual que mi padre con el suyo – Carlitos se quedó mirándole en silencio, mientras éste continuaba – Ahora te toca a ti seguir con la tradición familiar y convertirte en el capitán de nuestro barco pesquero, y así algún día tu hijo también te acompañará a ti y viviréis muchas cosas juntos.-

¡Pero papá! – le interrumpió Carlitos – Yo quiero seguir acompañándote a ti

Yo ya estoy cansado hijo mío, no tengo la misma fuerza que antes, ahora me apetece descansar, desayunar en el porche con tu madre, y verte zarpar con el barco cada mañana. Algún día iré contigo, pero serás tú el capitán. Así que, acuéstate pronto, que mañana será tu primer día. – le dio una cariñosa palmada en la espalda y salió de la habitación.

Esa noche, el pequeño pescador se acostó temprano para estar descansado al día siguiente.

Cuando amaneció, su padre le acompañó al muelle donde estaba el barco amarrado y le vio zarpar. – Te veo luego – dijo, y se quedó en el muelle observando cómo su hijo se adentraba en el mar.

Aunque había navegado durante muchos, muchos años en ese barco junto a su padre, esa era la primera vez que lo hacía sin él y no podía evitar sentirse un poco asustado, pues ahora era él quien debía seguir con la tradición familiar.

Se fue adentrando en el mar y soltó la pequeña red para pescar, al cabo de unos minutos, cuando el agua se encontraba en calma, decidió parar un momento para tocar la espuma de las olas como hacía de pequeño. Se sentó de nuevo en el borde y esta vez sin poder agarrarse a su padre, se inclinó despacio hacia el agua y mezcló sus dedos con el mar. De repente, levantó la cabeza y lo vio. Un delfín saltando sobre las olas intentaba llamar su atención.

Carlitos se levantó para poder verle mejor y el delfín, que no paraba de brincar, se fue acercando poco a poco hacia el barco. Carlitos le observaba mientras se acercaba y buscaba la mancha blanquecina en su aleta, quería saber si ese era el delfín que evitó que se ahogara aquel día, pues tenía la necesidad de darle las gracias.

Cuando el pequeño delfín ya estaba muy cerca, se fijó bien en su aleta y de repente… ¡allí estaba la mancha blanca sobre su piel! Carlitos se emocionó, pues por fin había encontrado al delfín que le salvó la vida cuando era solo un niño y que nunca había olvidado.

Entonces, se volvió a sentar en el borde y estiró el brazo llamándole, hasta que el delfín se paró frente a él, pegó otro brinco y se puso a su lado. Carlitos acercó su mano y suavemente acarició su lomo. No podía creer que fuera él después de tantos años. De repente, al tocarle sintió que le había estado esperando todo este tiempo, y supo que desde entonces nunca iba a navegar solo, porque su amigo el delfín le acompañaría siempre brincando junto a él sobre las olas del mar.

Cuento infantil original escrito por Ana Mena en habiaunavezuncuento.com

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