Claudia y el lado bueno de las cosas

Había una vez… una niña llamada Claudia que se pasaba el día sonriendo y haciendo reír a los demás. Tenía una carita muy dulce, redondita con la nariz llena de pecas y unos pequeños hoyuelos que iluminaban sus mejillas cada vez que sonreía. En el colegio estaba rodeada de amigos, pues su alegría era contagiosa y provocaba que todo el que estuviera con ella se encontrara feliz y de buen humor. No dudaba en acercarse a animar a cualquiera que estuviera triste hasta que sonriera, y siempre, siempre lo conseguía.

Una mañana, mientras correteaba por el patio de su colegio y jugaba con sus amigos, vió a lo lejos a un niño que le llamó la atención. Estaba sentado en el suelo apoyado en una de las columnas que rodeaban el patio, solo y cabizbajo con la mirada fijada en algún punto perdido del suelo. Claudia pudo percibir su tristeza desde el otro lado del patio, sentía una enorme nube gris alrededor del niño, algo no iba bien y tenía que ayudarle.

Vuelvo enseguida, tengo que ayudar a alguien – dijo a sus amigos. Y ellos, que conocían muy bien a su amiga, sabían que en ese momento lo único que le importaba a Claudia era conseguir que ese pequeño sonriera y volviera a estar feliz.

Observaron como Claudia se acercaba al niño, que seguía sentado con la mirada perdida apoyado sobre aquella columna al otro lado del patio. Cuando Claudia llegó, el niño ni siquiera levantó la mirada del suelo, podía ver los pies de Claudia que se pararon a su lado, pero no se molestó en mirar hacia arriba para ver quién era. Entonces, la niña preguntó: 

¿Me puedo sentar aquí contigo? – y el pequeño, que no tenía ganas de hablar, encogió los hombros indiferente dando a entender que no le importaba.

Entonces Claudia se sentó a su lado, lo hizo despacio, y cuando ya estaba a su misma altura se presentó: – Hola, soy Claudia – y le sonrió mostrando sus hoyuelos. Entonces, un leve sonido salió de la boca del niño, que dijo mientras seguía con la mirada clavada en el suelo con una voz muy flojita: – Hola… – 

Está muy triste, tengo que hacer lo posible por conseguir que se anime – pensó Claudia al ver la actitud del pequeño. – Te veo muy triste, ¿quieres contarme qué te ocurre? – dijo. – No te asustes, solo quiero ayudarte – añadió.

Entonces el niño, que seguía sin mirar a Claudia, movió la cabeza dubitativo, se rascó la nariz y resopló, mientras Claudia le observaba impaciente esperando que dijera algo. 

Como veía que seguía sin mirar, decidió acercarse más para poder verle la cara. Así que se inclinó hacia delante hasta ponerse a la altura de la mirada del pequeño, este, miró de reojo a la niña preguntándose qué estaba haciendo y entonces vió la cara de Claudia. Su entrañable mirada y los hoyuelos que acompañaban a su enorme sonrisa hicieron que el niño se sintiera tranquilo, ya que, por una extraña razón, una sensación de alivio y paz le inundó. 

El niño se inclinó hacia atrás, respiró hondo y dijo: – Mañana es mi cumpleaños y mi padre se va de viaje – dijo con la voz quebrada. – No podré celebrarlo con él. – 

Entonces Claudia miró al niño, – ¿por eso estás tan triste? – y el pequeño asintió.

¡No te preocupes!Si tu padre está de viaje puedes celebrarlo con tus amigos y seguro que cuando tu padre regrese también podrás disfrutarlo con él – contestó Claudia. 

El niño se quedó mirando a Claudia pensativo, entonces ella siguió – cuando algo te preocupa, debes buscar el lado bueno. Seguro que tu padre también está triste por no poder verte mañana, pero sabe que estarás con tus amigos. Así cuando vuelva de su viaje podréis celebrarlo juntos y pasarás más tiempo con él, además ¡así tienes dos días de cumpleaños! – Exclamó alegre. 

El pequeño sonrió y se levantó de golpe – ¡Tienes razón! – dijo emocionado – muchas gracias por animarme, estaba tan triste que no era capaz de ver el lado bueno, pero me has ayudado a ser positivo ¡y voy a tener dos fiestas! – rió.

De repente sonó la campana que anunciaba que se había terminado el recreo, así que el niño miró a Claudia, le volvió a dar las gracias y le dio un abrazo, después se giró y empezó a caminar hacia su aula. Claudia se quedó mirando como se alejaba, no se le quitaba la sonrisa de la cara al saber que ese niño ya no estaba triste y que lo único que necesitaba era ver el lado bueno de las cosas.

Cuento original escrito por Ana Mena, autora de habiaunavezuncuento.com

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